viernes, 29 de enero de 2021

Un agua hermosa y clara - El árbol del dragón - La nueva sala de El Bosco en el Museo del Prado

 



En la isla, afirmaba un comerciante que recaló allí, no hay fuentes y los lugareños vivían del agua hermosa y clara que destilaba un árbol que por desgracia, fue abatido en 1612 por una tormenta. La isla era El Hierro en las Canarias y aquella planta extraña, un drago. Sólo en un clima suave y templado podían crecer los dragos o, por supuesto, en un paraíso celestial, en el Jardín del Edén.

"De todos los árboles que el Bosco reflejó en El Jardín de las Delicias, uno es el más singular: el drago", explicaba el investigador Peter Mason. Bajo él, Eva es presentada a Adán que sentado y con los pies cruzados recibe a su compañera no bajo el árbol de la sabiduría, la palmera, si no bajo el Árbol de la Vida, un drago. 

El Bosco, nacido en un pequeño pueblo de los Países Bajos del que toma su nombre: Bosque Ducal, el Bosque del Duque, hizo un buen matrimonio con una mujer adinerada, lo que le permitió viajar un par de veces por Europa, aunque es dudoso que viese un drago. Lo más probable es que reprodujera un grabado anterior que reflejaba con bastante precisión el modelo del natural, detalla Mason. 

El Génesis no especifica cuál es el árbol sagrado del Paraíso pero este anhelo humano de una planta mítica, un vegetal de la eterna vida, es común, afirma Tryggve Mettinger a todas las culturas. 

La savia rojiza del drago producía extrañeza a los indígenas del Amazonas y a los cristianos que se maravillaban ante su capacidad para restañar heridas y curar úlceras. Unos creían que era una muchacha que brindaba generoso consuelo a los heridos; los europeos que el drago surgió de las salpicaduras de sangre de un espantoso guardián: en un jardín divino, crecían frutos de oro que defendía un dragón monstruoso. 

Para los persas, su Árbol surgió del océano en donde dos peces cuidan de que nadie se acerque y son tan sensibles que pueden darse cuenta de si una "aguja atravesaba el agua". En el Paraíso del Dios cristiano, en el Jardín de las Hespérides y ese inmenso mar, también, de agua clara; los hombres rodean sus árboles con la fiera ternura de las más extrañas criaturas. Niños con espadas de fuego protegen por los siglos de los siglos, el drago después de que Adán y Eva decidieran probar qué tal les iría en el mundo real y abandonaran el Paraíso. Grandes serpientes cuidan de los árboles sagrados de los serer cuyo origen del mundo es un pantano.  

En 1593, El Jardín de las delicias es llevado al Escorial, el palacio de un rey fascinado por un pintor que adoraba desplegar a todo color sus sueños y las fuentes de la vida, elefantes y cientos de pájaros, mujeres y hombres siempre jóvenes, osos golosos comiendo madroños. 

"Cualquier museo del mundo querría tener esta sala", afirmaba Alejandro Vergara, Jefe de Conser­vación de Pintura Flamenca, al presentar la remodelación del espacio que El Bosco ocupa en el Museo del Prado. Las paredes, en un verde más oscuro, los soportes que dan ligereza, la iluminación. El espacio se ha aclarado y en él flota este óleo realizado en tablas de roble.

Cuando el cuadro, en forma de tríptico, se cierra, el Universo vuelve a ser gris. El Bosco ha representado la Tierra sin animales, sin el hombre, sin el Sol, en el Tercer día de la creación: 

Dijo entonces Dios:

«Quiero que las aguas que están debajo del cielo

se junten en un solo lugar, y que aparezca lo seco».

¡Y al instante se hizo así! 

Dios llamó «tierra» a lo seco, y llamó «mar» a las aguas.

Al ver Dios tal belleza, dijo:

«Quiero que haya en la tierra

árboles y plantas que den fruto y semilla».

¡Y al instante se hizo así!