jueves, 1 de abril de 2021

Una flor que aleja los pensamientos tristes, el geranio - En París, Rene Morin y en Londres, John Tradescant

 

Los geranios "calman la ansiedad y tensión nerviosa, alejan los  pensamientos tristes y permiten el desarrollo de la voluntad en personas temerosas". 

El primer encargo fue traer árboles frutales de los Países Bajos. Su señor, el Conde de Salisbury, y era indiferente si padre o hijo, le confió después el cuidado de los jardines de la gran casa familiar en Londres. Para embellecerlos, John Tradescant el viejo recibió durante años, las semillas y plantas del mejor florista de Francia, Rene Morin. 

Lilas de Oriente, geranios de África, pimpinelas o amor de hombre. Desde todos los mares navegables llegaban al jardín parisino de los Morin, las plantas y semillas más raras que florecían al sol cansado de septiembre o recordaban la primavera en la sesgada luz invernal.

Desde el Cabo de Buena Esperanza, arrancada por marineros holandeses, llegó una flor perfumada que amaba el sol y la arena, pelargonium triste. Diez años después, en 1631, Tradescant recibía "junto a lirios aztecas", el primer geranio que se plantara en suelo inglés. 

Los tres hermanos Morin: Rene, Pierre y Jean fueron exquisitos coleccionistas de plantas aún más que comerciantes. Rene, un celoso cultivador de especímenes raros; Pierre que elaboró el primer calendario conocido de flores de temporada y Jean, "quizá hermano o quizá primo", dudan las crónicas; que logró cultivar el bellísimo narciso de Japón. 

Para sus clientes, imprimían un catálogo de 26 páginas en donde figuraba la lila que el enérgico Mattioli se había traído de Constantinopla, 45 clases de tulipanes "incluidas nuevas especies de China que sobrepasaban toda belleza" y que los holandeses amaban más que cualquier otra flor; la extravagante bola de nieve o la yucca. 

"Fue el primer catálogo en el que se indicaba cuándo florece la planta, su nombre en latín y su nombre vulgar y no organizado sólo por el precio". Margorie F. Warner.

En 1644, el escritor John Evelyn fue invitado a recorrer el jardín de los Morin entre abril y mayo. En forma de óvalo, plantado de cipreses, el erudito gentleman inglés, se asombró ante los azafranes, las anémonas y los ranúnculos más extraños "que atraen admiradores de toda la ciudad". Evelyn anotó que Pierre Morin vivía junto a aquel paraíso en una especie de ermita, en donde le mostró las miniaturas de plantas que pintaba con exquisitez y su colección de insectos, especialmente mariposas, de los que tenía intención escribir una historia natural. "Si lo hizo", puntualiza Warner, "no hay noticia en la ciencia de la Entomología".

Desde entonces, más de 400 especies de geranios de cinco pétalos habitan todas las zonas templadas del mundo.

Algunas mujeres aman las orquídeas

o las rosas

otras, las camelias 

pero esas especies no son para mí.

Geranios rojos y brillantes

y cada vez que veo uno, pienso en ti.

Honeymoon, Shirley Temple


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domingo, 28 de marzo de 2021

Un ave del Viejo Mundo - Tarabilla

 

Tarabilla - Saxicola rubicola


Antes de que la menta de los prados florezca, llega la tarabilla a tierras eslavas. Ni a la menta ni a esta avecilla les gusta el frío, así que ambas se aseguran antes de ser vistas, que las temperaturas sean de bien entrada la primavera. Los ingleses, sin la dureza del clima ruso, llaman a este pájaro golpe de piedra porque su canto les recuerda un chasquido y en Kuwait se le tiene por un pájaro invernal. Los cataríes son afortunados, pueden disfrutar en sus cielos de hasta cuatro variedades de tarabillas: dos siberianas, una bizantina y una europea. Desde África, precisan, también tenemos nuestra propia tarabilla que como el zorzal y otras aves provienen de vuestro Viejo Mundo.



La salvaje belleza alada - Maribel Orgaz
Cien momentos en la Naturaleza - Edita, ANAPRI-Leerenmadrid




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Los soñadores

En mi corazón soy un chico de campo. George Stubbs

Un rostro es como un paisaje. Santiago Ydáñez

El agua nos hace felices



domingo, 21 de marzo de 2021

La alegría solar del diente de león - Pietro Andrea Gregorio Mattioli y Emily Dickinson

 

Entonces, muy pocos acontecimientos eran predecibles. Sabían que los niños se transformaban en hombres y se esforzaban en reconocer cómo sería la siguiente estación, si habría o no tormenta, hallar lugares en los que el agua fuera abundante y limpia, apartarse de los árboles que podían incendiarse por un rayo pero ocurría que dos hombres heridos de igual manera no tenían el mismo destino. Uno quizá sanaba y el otro no. Que dos mujeres gestando en el mismo tiempo podían dar a luz un hijo o quizá dos. Que el estío fuera demasiado frío y el invierno demasiado caluroso. Había ritos para tranquilizarse en el caos del mundo y calendarios que atestiguaban que el sol saldría tras ocultarse la luna. 

Pero lo único que predecía inmutable el tiempo nuevo eran las estrellas. Mirándolas podían saber el mejor momento para preparar los campos o echarse al mar. Cuando un león se formaba nítido en los cielos, a su alrededor, aquí abajo, crecían, indiferentes al frío, unas plantas de alegría solar. Amarilleaban por todas partes, alzándose bajo la mirada de constelaciones y galaxias,  confirmando el cambio de estación, llegaba por fin, la primavera.

Entonces, estaban seguros de que era el momento. En marzo, desbrozaban los campos de esas malas hierbas para que no compitieran con la siembra, con sus guisantes, con sus judías cuyas semillas habían mantenido a resguardo para evitarles las enfermedades del invierno.

"Si te frotas con una flor de diente de león", afirmaba el enérgico Mattioli "conseguirás lo que deseas". 

Por San José florece por todas partes una planta que recibe su nombre, afirman los botánicos, de su semejanza con la garra de un león o quizá su dentadura. 

Pietro Andrea Gregorio Mattioli, médico, naturista, botánico; doctorado en la Universidad de Padua recogió en sus escritos y hasta grabó en madera con gratitud y dicha, también decenas de plantas que no tenían utilidad alguna. Que eran asombrosas en sí. Que no se comían, no se usaban en pócimas ni cataplasmas, no se infusionaban para curar y a pesar de ello, eran criaturas igualmente dignas de atención.  

En pocos días, el León de los cielos bajaría a la Tierra y asolaría los campos devorando a las personas y al ganado. La canícula, el fervor que madura las cerezas y el melocotón pero que condena sin remedio las cosechas a destiempo, era tan temida que los hombres apresaron aquella fiera de fuego en un relato.

Las damas enviaban a Constantinopla sus sirvientes para hacerse traer flores exóticas con las que adornar sus jardines, cuentan las crónicas, y Mattioli no dudó en ir personalmente como embajador real. Regresó con la primera lila que se vio en Europa. Describió un tomate, creyó que las moscas en el roble anunciaba tiempos de guerra, elaboró tisanas para curar la peste pero de la fitoterapia llegó al puro amor por la Naturaleza, explican.  

Para vencer al calor que mata de sed, los hombres enviaron a un héroe, hijo de un dios y una reina mortal, Hércules que estranguló al león con sus propios brazos. Esta victoria podía contarse cada verano para vencer el miedo a un tiempo árido que si se prolongaba, lo arruinaría todo. 

En estos días templados en cualquier alcorque, en la hierba de nuestras rotondas, en los descampados florece, para no apartarse del sol, el diente de león. 

Las madres las bordan en la ropa de los niños como símbolo de buenaventura y arrancada por la tormenta es imprescindible para un hechizo con el que atraer a la persona amada. 

"Plántala en el noroeste de tu casa y cuando sus semillas se sequen, sóplala para que tus  pensamientos lleguen a quien anhelas".


El pálido tallo del Diente de León

asombra al pasto,

y el invierno al instante se transforma

en un infinito Ay de mí –

el tallo sostiene un pimpollo de señal

y luego una esplendente flor, –

la proclamación de los soles

que la sepultura pasó.

Emily Dickinson  (1881)


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Cómo vivir mejor. Los dominios del Khan - Carbonero garrapinos

Cómo los alegres pinzones cambiaron el mundo. Las Galápagos, Fray Tomás de Berlanga

Sed de gracia - Cisne

Esperando junto a los campos de batalla - Buitre leonado

domingo, 14 de marzo de 2021

Una vida que procura felicidad - Ruiseñor común

 



Ruiseñor común,  Luscinia megarhynchos

Quizá sean los rusos de la ciudad de Kursk quienes más admiran a este pájaro esquivo que gusta de ocultarse en el matorral. Le han construido un monumento y en los tiempos antiguos eran capaces de entregar dos vacas o dos caballos por un ejemplar. Irán o Bangladesh también aman a este ave de aspecto insignificante cuyo canto resplandece desde la espesura sobre el de todos los demás. Cómo es posible una vida oculta que procure tanta felicidad. Los amantes le escuchan en la noche y es el símbolo de que aún no ha amanecido, de que aún no se han de separar. 



La salvaje belleza alada - Maribel Orgaz
Cien momentos en la Naturaleza - Edita, ANAPRI-Leerenmadrid


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En el juncal encantado - Gallineta de agua

Volcanes lejanos- Paloma torcaz

La abundancia y la suerte - Garza imperial

Una razón como un pájaro - Petirrojo



martes, 23 de febrero de 2021

Disfrutando del oro de los días - Lagarto ocelado

 



Eran tiempos revueltos. La India chocaba con Asia y en Sudamérica aparecían las praderas. Habían pasado diecisiete millones de años y el Mioceno en todo su esplendor. Cuando aún le quedaban seis, los mares estaban repletos de ballenas y focas;  la espesura de rinocerontes y caballos. Y al sol, disfrutando del oro de los días, ya estaba allí, el lagarto ocelado. A su lado, aún monos felices andábamos dando brincos sin hipotecas ni comida basura. Mientras, esta criatura hermosa y antigua se cuidaba, si era joven, de cruzarse con los gatos aunque de adulto, con ese aspecto imponente y su más de medio metro de largo, no eran capaces ni en el Mioceno ni ahora de maullarle. 



La salvaje belleza alada - Maribel Orgaz
Cien momentos en la Naturaleza - Edita, ANAPRI-Leerenmadrid




Índice de todas las entradas de este blog

 

           Animales

                         Aves  

Apiadarse del desconsuelo. Urraca

Un plumaje que anuncia la penumbra - Somormujo

Cómo vivir mejor. Los dominios del Khan - Carbonero garrapinos

Cómo los alegres pinzones cambiaron el mundo. Las Galápagos, Fray Tomás de Berlanga

Sed de gracia - Cisne

Esperando junto a los campos de batalla - Buitre leonado

Pájaros en la cabeza - Las rapaces de Iñaki Díez Cortaberría. Museo de Ciencias Naturales

Bello en vuelo - Alcaudón común

En el juncal encantado - Gallineta de agua

Volcanes lejanos- Paloma torcaz

La abundancia y la suerte - Garza imperial

Una razón como un pájaro - Petirrojo

Antes del hombre, el pato

Llenarnos de un canto nuevo - Zarcero común

De blanco azúcar - Garza y garceta común

De la mitad de los sueños - Mochuelo común

Del anhelo de viento - Grullas

Una vida que procura felicidad. Ruiseñor

Un ave del Viejo Mundo - Tarabilla

                        Mariposas 

Destacar o desaparecer - Sátiro moreno    

                  Moluscos

Flores marinas - Pablo Neruda - Púrpura, un color como la llama ardiente y el mismo sol

De caballos y diluvios - Babosa negra


          Vegetales

Buenos tiempos para las malas hierbas. Real Jardín Botánico

Encima del invierno la flor de la camelia - Museo Thyssen Bornesmiza

Semillas viajeras en barcos de vela - Maria Thereza Alves - La Casa Encendida

Un agua hermosa y clara - El árbol del dragón - El Bosco, Museo del Prado

En la estación dorada vuelve a brillar el peral - Theodor Fontaine y La Hiruela


                         Flores 

            Arte-Exposiciones 

Los soñadores

En mi corazón soy un chico de campo. George Stubbs

Un rostro es como un paisaje. Santiago Ydáñez

El agua nos hace felices

Un amor en el que crecen las flores - Petrit Halilaj Museo Reina Sofía

El agua, el pez, el árbol, las nubes - Lee Friedlander - Fundación Mapfre

La belleza de los atlas celestes - Astronomicum Caesareum, Petrus Apianus - BNE

De los vegetales al hombre - Nudos de Paula Anta en el Real Jardín Botánico

El mar y los viejos maestros: Van Gogh, Turner, Monet, Ting-Qua -Reuben Dangoor


          Lugares 

El mundo apacible al pie de Guadarrama - Eduardo Rodera

Cazar la sombra del sol al vuelo. Los templarios y San Bartolomé de Ucero



domingo, 21 de febrero de 2021

Encima del invierno, la flor de la camelia - Eben Gowrie en Australia y el Museo Thyssen Bornemisza en Madrid


El mundo entero estaba allí dentro, explican los historiadores, tenían la pintura más agradable, la porcelana más delicada, los versos más bellos y la flor más hermosa bajo los cielos. Así que, los dueños de aquel imperio, lo amurallaron para solazarse en él y dejaron de interesarse por otros lugares.

Camelias blancas, rosadas y llameadas flanquean estos días las puertas del Museo Thyssen Bornemisza. Una flor de oscuridad, "nacida en el frío y para el frío"en la muerte del invierno aparece la luz de la camelia que se apaga en primavera, cuando las otras florecen.

Dieciséis emperadores de la familia Zhu gobernaron China durante casi tres siglos, una época dorada. Bajo los Ming, los grandes señores trazaban sus jardines siguiendo tratados como la Superación de las obras celestiales. "El rey llega al gran estanque, los peces saltan sin parar". Los muros cargados de flores eran muros de mujer, las plantas que rodeaban el pabellón de escuchar la lluvia eran diferentes y así, cada hoja procuraba una diferente tonalidad musical. 

Quizá la flor de la camelia llegó a Galicia en los navíos portugueses procedentes de Macao y encontró en esas tierras, un lugar para la devoción. Desde hace más de 50 años, se celebra un encuentro internacional para elegir la camelia más blanca y la más bella de todos sus jardines atlánticos. Aquellos suelos ácidos, la humedad y la umbría que otras flores rechazan, son los más amados por la camelia.

Cura las quemaduras de fuego, explicaba el gran médico imperial Li Shi-zhen y el té, elaborado con sus hojas, nos devuelve al mundo en serenidad. Al marchitar, no se deshoja como otras flores, cae por entero y el sonido es evocado en delicados versos japoneses. La camelia se entrega plena a nuestro consuelo. 

En Occidente, sin embargo, en el siglo XIX, el favor de la camelia se apagó frente a las orquídeas. Eben Gowrie Waterhose, lingüista reconocido en la primera etapa de su vida, después diseñador de profunda huella en los jardines de toda Australia, aprendió japonés a los 80 años para poder hablar de camelias con los japoneses, abriendo así la tercera de sus carreras profesionales como autoridad en esta flor. Sus estudios desataron un renovado interés mundial por ellas. 

Waterhouse nombró cientos de variedades de camelia, llenó sus jardines de árboles del coral y escribió extensamente sobre la manera de darles tonalidad atrayendo mariposas de los colores adecuados. 

Nunca estuvo solo en su pasión, explica Miguel Ceballos, su compañera fue experta en componer ikebanas con camelias. Waterhouse logró desarrollar una variedad blanquísima a la que nombró Janet, en honor a ella. Pero no fue suficiente, desarrolló otra de color rosa pálido, y le puso el suyo para que ambas figuraran juntas. 


¿De dónde viene este viento perfumado por la flor fugaz de la camelia?

 Por él salgo a desafiar el frío de la media mañana. 

Demasiado pobre para comprarlas, pinto una en el papel.

La flor de la camelia verdadera se marchitará en un jarrón, 

quedando acaso su perfume en la memoria 

de quien pudo comprarla; 

pero ésta mía no teme ni el viento frío ni la lluvia leve 

y por mucho que el tiempo pase, persistirá. 

Ma Hsiang Lan 



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