En Ser Madrid Norte, Nacho López Llandres tuvo la amabilidad de entrevistarme con motivo de mi charla sobre Madrid y la nieve.
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La nieve y Madrid - Maribel Orgaz - UP Miguel Delibes (Alcobendas. Madrid)
En Ser Madrid Norte, Nacho López Llandres tuvo la amabilidad de entrevistarme con motivo de mi charla sobre Madrid y la nieve.
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La nieve y Madrid - Maribel Orgaz - UP Miguel Delibes (Alcobendas. Madrid)
En la llamada Pequeña Edad del Hielo, entre los años 1300 y 1850, Madrid consumía nieve de las sierras, de las charcas y estanques.
El precio se fijaba para que fuera accesible a todos los madrileños pero el hielo industrial acabó con este negocio singular.
El pasado 4 de febrero hablé en la Universidad Popular Miguel Delibes de cómo se recogía y almacenaba y cómo se tomaba y se usaba con fines terapéuticos.
Me presentó la directora, María de los Ángeles Casajús y como es habitual, cuando se trata de cualquier aspecto de nuestra querida Madrid, la sala se llenó al completo.
Hace unos días, el artista Miguel Ángel Blanco tuvo la amabilidad de invitarnos a ver su estudio y el proceso de su obra, la Biblioteca del Bosque.
Acudí a esta invitación con Martín Fernández que posee la colección geológica privada más importante de España y que se expuso, en parte, en la Casa de la Cultura de Tres Cantos (Madrid). También nos acompañó Mili, su esposa.
Miguel Ángel Blanco, de quien referencié su exposición El espejo humeante en el Museo Nacional de Antropología, ultima La cabaña de ámbar para el Museo de Artes Decorativas que abrirá sus puertas a la vuelta del verano y que será "la exposición más importante sobre ámbar que se ha hecho en España".
En la fotografía, Miguel Ángel Blanco sostiene uno de los caja libro que se expondrán en La cabaña de ámbar que incorpora piezas de Martín Fernández.
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| Con Mili y Martín Fernández en la Biblioteca del Bosque |
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Y todo será geología - Colección geológica Martín Fernández Hernán
Colección Martín Fernández. La colección geológica particular más importante de España
El 20 de enero estuvimos en la Librería Alberti Javier Morales, Marta del Riego Anta, Rafa Ruiz, Rafael Serra presentando nuestros paseos editados por Tundra. Mi paseo se titula Se nos ha dado tanta belleza.
Y nos presentó María García de la Fuente, presidenta de APIA.
Éste es mi tercer libro de Naturaleza, los dos anteriores son Flores. El esplendor de la Tierra publicado tan precioso por Alicia Arés, editora de Cuadernos del Laberinto y La salvaje belleza alada, una colaboración con la Asociación Naturalista Primilla, ANAPRI.
El embalse tiene una ermita, Nuestra Señora del Espinar, un embarcadero desde el que parten en el buen tiempo pequeñas embarcaciones de vela ligera, paredes de roca que a los escaladores les sirven de entrenamiento y un puentecillo con una portera. En este recodo es frecuente compartir el camino con las vacas que pacen en las laderas, avileñas en su mayoría y a veces, mis favoritas, las rubias y curiosas limusinas.
He leído en alguna parte que Madrid se bebería todo este agua en menos de un mes. A dónde llevaría entonces mi alegría de año nuevo, a dónde mi alegría de esperar otra primavera de peonías como fue la del año anterior en estas orillas.
A mi lado, unas cercetas, Anas grecca, pastaban en el fango del pantano, un poco más más lejos, una pareja dibujaba una línea plateada en el agua. Estos patos que nadaban confiados eran mis preferidos en aquel rincón tranquilo. Las cercetas que llegan en diciembre a esta tierra desde el hielo y la nieve de los confines del mundo.
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Hay obra, entre otros, de Mark Rothko, Eva Nielsens, Claude Monet, Soledad Sevilla, Christian Boltanski, Mame-Diarra Niang y Bill Viola.
Tras la Segunda Guerra Mundial, con "la erosión de todas las certezas", los artistas cuestionaron todo lo vivido y en su incapacidad de dar una respuesta exploraron posibles soluciones en lo difuso, en volver a mirar lo que que quizá no se había percibido bien.
Las propuestas en esta exposición tan singular van desde la luz y el color flotando sobre el lienzo a paisajes como sueños o los rastros vaporosos del movimiento. Sombras veladas con lana de cobre pulido, el hollín como rastro del fuego.
Casi al final, se ha dispuesto una sala de nubes viajeras, un sofá, sonido envolvente y un muestrario de gafas. Una invitación a "regalarse un momento de imaginación" para encontrar figuras a través de lentes onduladas o rayadas más o menos opacas, en un cielo sin dioses airados que puedan enviar truenos ni lluvias anunciadas por sus formas extrañas.
Despreocupados contemplamos un firmamento de nuestra creación sin aves que con su vuelo dibujen trazos con los que anticipar un destino quizá ilegible en nuestras ciudades de hormigón.
"Nos enfrentamos", escribió el poeta Manuel Vilas, "al futuro, que traerá leyes nuevas y una de esas leyes será la derrota y desaparición de la naturaleza. O tal vez, la sustitución de una naturaleza real por una virtual, en donde las diferencias sean prácticamente imperceptibles".
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Si la solución de un problema no es bella, sé que está equivocada - Richard Buckminster
Este próximo domingo, pondremos en común El río de Ana María Matute, una colección de microrrelatos, a veces, tan solo escenas, de la vida en un pueblo, Mansilla de la Sierra, en La Rioja, de donde provenía su familia y al que llevaron a la autora cuando tenía diez años para mejorar su salud.
La escritora conviviría con sus abuelos hacia 1935 y aquel próspero pueblo fue anegado en 1959 para abastecer a las huertas riojanas. El desplazamiento a unos cientos de metros de sus habitantes fue traumático y para acompañar con cierta perspectiva la lectura de estos relatos cabe destacar que a los constructores del nuevo Mansilla se les olvidó edificar pajares "en donde cobijar el ganado".
Ana María Matute habló siempre de su género favorito, el que más leía, la poesía y también de su incapacidad para escribir un solo verso.
La calidad de su prosa lo atestigua y esto es lo que eleva sus relatos. La mayor parte de ellos, excepto Los hornos, y por algo es elegido para la lectura pública en muchas ocasiones, están impregnados de tremendismo, soledad, tristeza y crueldad. El fondo, por otra parte, tan común a su obra.
"Los niños asesinan pájaros, ahorcan perros, aplastan sapos, martirizan saltamontes y murciélagos", puede leerse en el relato Los niños y la muerte.
El lirismo de las descripciones amortigua la miseria del lugar y sus gentes. De su primitivismo. De sus sentimientos ridículos:
"Muchas veces nos hemos sorprendido del amor que sienten los campesinos por sus animales (...) Este amor a los animales, este exagerado apego, me pareció desmesurado y un poco risible".
Matute creció con tata y criados, en una vida al margen del campesinado que describe a lo largo de los 49 relatos que componen El río. Aquellas gentes a las que un plan nacional de regadíos sacó de sus casas destruyendo el lugar en el que habían vivido desde hacía siglos, son narradas desde la misma distancia e incomprensión que impidió a los urbanistas construir además de calles y casas, lugares para guarecer su ganado.
Las memorias de la infancia en el pueblo, decía una escritora, no son literatura de naturaleza pero obras como El río ayudan a entender mejor, el afecto al escritor Miguel Delibes, sin duda menor en su calidad literaria pero inmenso en la verdad de su corazón, en la simpatía por una cultura rural que fue destrozada, afirmaba, "sin que la hayamos sustituido por nada noble".
"Iban llorando de alegría, cubiertos de barro y de lágrimas, de nombres extraños como estrellas. Llenos de una riqueza antigua y misteriosa, que nosotros no sabemos entender", concluye la escritora tras la movilización en la noche de mujeres y niños para rescatar a sus vacas y terneros de la inundación del pueblo.
¿Acaso la vida en las fábricas fue mejor?, planteaba John Berger en Puerca tierra, la primera parte de su trilogía sobre la destrucción de una existencia arraigada, de la eliminación histórica del campesinado.
En Viviremos largamente, Matute narra la muerte de un niño al que las mujeres colocan una flor de papel en la boca antes de enterrarlo. Tras una descripción casi antropológica del ritual propia de un espectador sobre una tribu ignota, la narradora transcribe las palabras de un viejo inválido al que sus vecinos consideraban un poco chiflado: "los que son como él mueren pero nosotros viviremos largamente porque tenemos que luchar, porque tenemos que sudar, renegar, maldecir: nosotros tenemos la pasión de la tierra. Nosotros tenemos la amargura, la sal, el fuego".
"Ha pasado el tiempo y han cortado los árboles, Desparecieron los álamos del río, como los últimos soldados de un mundo perdido...".
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Capaces de romper el viento, Maclura pomifera