lunes, 24 de agosto de 2020

La sed de gracia - Cisne


Cisne vulgar - Cygnus olor

Vuela mejor que anda y cuando nada, suspiramos, es majestuoso. Sólo los reyes en tiempos antiguos podían degustar cisne relleno de otros pequeños pájaros. Del carro de Afrodita, la diosa del amor, tiraban cisnes alados. Hasta China llegaron una pareja de cisnes de porcelana enviados desde Estados Unidos: el presidente de un Imperio saludaba a otro con un regalo delicado fabricado en un material que ni es barro ni es cristal, es oro blanco. En nuestras leyendas, los cisnes fueron antes hermosas muchachas. Cuál es el destino de estas aves que cargan sobre sí tantos de nuestros anhelos: el amor que no se acaba, la fidelidad eterna, nuestra sed de gracia.





La salvaje belleza alada - Maribel Orgaz
Cien momentos en la Naturaleza - Edita, ANAPRI-Leerenmadrid



viernes, 21 de agosto de 2020

Señores de la guerra y la poesía - De cómo las flores nos hicieron amar de nuevo al mundo - Alfonso XI y Leonor de Guzmán - Petrarca y el árbol del laurel


El mismo Papa le escribió para que la dejara. "Santo Padre, si quieres que muera y no viva lo haré, puesto que no puedo vivir sin ella. De modo que Santo Padre no le molesto más, no querría que mi vida fuera tan breve", le contestó aquel rey de reyes.

Doña Leonor de Guzmán estaba alojada en la casa sevillana de su hermana y allí conoció al rey Alfonso XI. Ella, viuda de 17 años y él, un joven de 16 se enamoraron en ese encuentro. En un tiempo de matrimonios de conveniencia, Alfonso había repudiado a una primera esposa y se disponía a casarse por segunda vez con la hija del Rey de Portugal para establecer acuerdos ventajosos para su linaje.

"Así que el santo Padre no le acosó: no quería que fuera una vida corta", zanjan las crónicas papales sobre el enojoso asunto de un soberano endemoniadamente enamorado.

La historia de amor de Leonor de Guzmán y Alfonso XI ha inspirado incluso una ópera, La Favorita de Gaetano Donizzetti y es frecuente escuchar en las intervenciones de historiadores sobre el Siglo XIV reflexiones como ésta: "no hubo otra mujer que le llegara al corazón".

Alfonso XI batalló, ordenó eliminar a sus rivales y aplastó con violencia a quien cuestionara su poder: fue un señor de la guerra porque eso hubo de ser en el tiempo que le tocó vivir. Luchó contra los bereberes que intentaban ganar nuevas tierras en España, empujándolos hasta tomar Algeciras (Cádiz) en donde se yergue un monumento conmemorativo; privilegió las ciudades para controlar los abusos de la nobleza que no se atenía a ninguna ley si les era desfavorable, amplió sus dominios y enriqueció aún más a Doña Leonor, reina de hecho que le dio diez hijos.

Su corte itinerante se trasladaba a donde el rey tuviera campañas e insisten, aquella gran dama siempre le acompañó. Para ella construyó espléndidos baños en Córdoba y en el palacio de Tordesillas e incluso, fue poeta. Sólo se conoce una cantiga, aunque los especialistas le atribuyen una segunda composición.

En el único poema atribuido con certeza, ella era la flor de las flores. Esto era algo nuevo en la lírica castellana de su tiempo. Hasta entonces, sólo la Virgen María era digna de ser comparada con las rosas, los lirios, las azucenas.

Las damas de las otras cantigas eran altivas y desdeñosas en ésta, la dueña de su corazón le corresponde y ama. El segundo poema, en el que Leonoreta es la bella flor sobre toda flor, está dedicado a cantar sus amores. 

En este desplazamiento, de la Virgen María, del ideal de belleza divina a la carnal y terrenal; de las flores a María a las flores a la amada alborea un nuevo tiempo, el de un hombre vuelto al mundo que le rodeaba.

Como una planta arrancada por el viento o desarraigada por un hierro, como una hiedra que se abraza a un muro; cantaba Petrarca era su amor por Laura.  Este nuevo hombre que el italiano representaba compuso un Cancionero dedicado a celebrar la vida como una alegre manifestación de belleza. Y toda ella se encontraba aquí, en los pájaros y las plantas, en la naturaleza.

Desde Italia y el Renacimiento, Petrarca tomó el árbol del laurel, emblema medieval de los vencedores en la guerra para simbolizar ahora su genio y su alma, su dama y su fuego.




Cantiga de Alfonso XI

En un tiempo cogí flores
del muy noble paraíso
cuitado de sus amores
y del su fermoso riso.

(...)

¡Ay señora, noble rosa,
merced os vengo a pedir,
fiaros de mi dolor
y no me dejéis morir!

Yo soy la flor de las flores,
del que tu coger solías,
cuitado de mis amores
bien sé lo que tu querías.

Dios lo puso de tal modo
que te lo puedo cumplir:
antes quisiera mi muerte
que el verte a ti morir.

Texto completo, aquí.

martes, 11 de agosto de 2020

El sabor amargo del ardiente verano - La chinche rayada y la flor de la Cañabeja



Chinche rayada - Graphosoma lineatum

La chinche rayada parece tener predilección por los jugos vegetales de la flor de la Cañabeja y es frecuente encontrarla posada en ella, en las tardes ardientes de verano. La airosa Cañabeja que a veces se confunde con el hinojuelo, ha sido utilizada durante siglos por los campesinos de Castilla para tintar de amarillo sus paños y Ulises, el viajero, según relata el escritor Álvaro Cunqueiro, saboreó un tallo de Cañabeja que a pesar de estar verde, le supo agria, antes de decidirse a tocar la puerta de Alicia, la hermosa habitante de la isla griega de Paros. Con el regusto amargo entre los labios, el errante Ulises la sedujo recitando versos clásicos.



La salvaje belleza alada - Maribel Orgaz
Cien momentos en la Naturaleza - Edita, ANAPRI-Leerenmadrid



lunes, 10 de agosto de 2020

Cazar la sombra del sol al vuelo - Un lugar sobrecogedor para una ermita - San Bartolomé de Ucero en Soria, los templarios y las matemáticas medievales


Eran los Señores del Mundo. Aún estaba lejos el día en que vencidos por el tormento, renegarían de Dios y su orden fuera disuelta por el Papa. Durante casi doscientos años, desde el siglo XII hasta el XIV, guerrearon y administraron tierras, construyeron templos y en palabras de un abad "vivieron con orgullo".

En un cañón del río Lobos, al pie de un acantilado de roca reposa ajeno al transcurrir del tiempo, uno de esos lugares de culto que estos monjes guerreros ordenaron construir a finales del 1200. En estos días, en los que el trinar del petirrojo anuncia el otoño, comienza el momento más espléndido para este lugar solitario en el corazón de Soria.

La Orden de los Pobres Compañeros de Cristo del Templo del Rey Salomón, conocidos como caballeros templarios nació para escoltar a los peregrinos cristianos desde el puerto de Haifa hasta Jerusalén. Antes de la ruina de la ciudad, en 1186, el trayecto era seguro para los peregrinos pero con los turcos en el poder, se llenó de bandidos y asaltadores.

En Europa, excepto los españoles empleando a toda su nobleza en recuperar palmo a palmo el territorio a los musulmanes; los hijos segundones de la aristocracia causaban problemas; eran analfabetos dedicados a cazar sin oportunidad de combatir, a pesar de que sólo se educaban en el manejo de las armas. Se malherían en torneos, se enemistaban entre ellos y no tenían futuro a la altura de su nacimiento. La Iglesia les dio un objetivo y una tarea: "Si me das tu vida, yo te salvaré".

Junto al sendero del bosque que conduce a la ermita, llano y de fácil acceso, se represa el río Lobos, en lo que en su día debieron ser enormes charcas. Los nenúfares han comenzado a florecer en ellas y asombra, una vez más, mientras se camina hacia la ermita, el cuidado que el cristianismo - y otras religiones- han tenido durante siglos en levantar en lo más bello de un paraje natural, un momento para el rezo. 

Los caballeros templarios pronto se dieron cuenta de que guerrear en Jerusalén era muy caro y necesitaban recursos. Dada su honestidad, se les cedieron encomiendas para que las administraran. En Europa, se afirma, llegaron a poseer más de 9.000. En España, la historiadora María Lara Martínez ha elaborado una guía de enclaves templarios (editorial Edaf) que vista en conjunto impresiona por su extensión.

San Bartolomé señala un lugar tan apartado y agreste que es fácil imaginar la inquietud que causaría este paraje en otros tiempos: una enorme cueva, un río con grandes pozas, un inmenso cortado de piedra que al sol le cuesta remontar y decenas de buitreras en las que los gritos de las aves resuenan sobre el paisaje.


Los expertos en arte románico, época a la que pertenece la ermita, se lamentan de las supercherías que han dado pie a especulaciones fantasiosas e incluso a trabajos aparentemente rigurosos sobre ritos paganos, deidades y caballeros que se iniciaban a la orilla de estos barrancos, en cultos secretos. Detestan que la fuerza de la fascinación que ejerce no sea por su construcción, tan sencilla como perfecta.

San Bartolomé, afirman, es fruto del uso de las matemáticas para dimensionar la belleza:
"Que no dependen de otras intenciones subjetivas, sino de leyes objetivas que se apoyan en la geometría platónica transmitida durante generaciones a las organizaciones de constructores medievales, en una práctica que se remonta muchos siglos atrás o quizá milenios. Tal vez sea algo que ininterrumpidamente viene sucediendo desde las Pirámides, Stonehenge o New Grange, quien sabe si incluso desde mucho tiempo antes".
En 1244, fecha en la que se estima empezaron las obras de San Bartolomé, los templarios casi desaparecieron en una batalla espantosa cerca de Gaza. De 348 hombres, sólo salvaron la vida 36 pero en Soria y otros lugares, los caballeros que se ocupaban de administrar los bienes continuaron su tarea.

En primer lugar, los constructores determinaron el sitio que ocupaba esta tierra en el cosmos y orientaron el templo a quien había de consagrarse, en su origen a San Juan Bautista. En el suelo, aunque oculto por la última restauración, la meridiana solar mostraba paso a paso la luz del sol y en dos ocasiones al año, en los solsticios de invierno y verano, al mediodía, la luz incide en la llamada Losa de la salud, una flor en piedra "a la que el saber popular atribuye propiedades curativas desde antaño".

Los madrileños, que tienen predilección por este lugar y son sus principales visitantes no olvidan como todos los demás, pisar unos momentos esta baldosa.

Para quienes, tras la visita, pretendan abandonarse a la ensoñación que provoca San Bartolomé que fue creado con tanto cuidado y esfuerzo para sostener los lúgubres cantos de guerra en las fortalezas de Tierra Santa, los nuevos pollitos de colirrojo tizón llamarán su atención, dicharacheros, piando curiosos y atrevidos como todos los seres recién traídos a la vida.